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Dr. Marcelo Sotomayor, el pediatra que ayudó a fundar el Heller

Era el único sobreviviente de una camada de pediatras que llegó al Hospital Heller en sus primeros días — los demás se jubilaron o se fueron al sector privado. Él se quedó. Hoy, a semanas de jubilarse, todavía hace guardias, acompaña residentes y enseña en la universidad. La historia de un médico cuya vocación empezó antes de que pudiera elegirla.

Marcelo Sotomayor nació en 1966, en el Hospital Castro Rendón, con apenas 1,1 kilos de peso. Prematuro extremo. La historia clínica de ese nacimiento se perdió años después cuando una inundación afectó los archivos del hospital, y nunca pudo saberse con precisión cuántas semanas tenía cuando llegó al mundo. Su madre decía que había nacido a los seis meses.

Esa historia — la de un bebé que necesitó de todo el sistema público de salud neuquino para sobrevivir — terminó siendo el origen de una vocación que lleva más de tres décadas dando forma. «De ahí viene también mi amor por la medicina. Desde chico lo único que quería era ser médico y quería ser pediatra», dice.

El médico que volvió

Sotomayor estudió en La Plata y regresó a Neuquén para completar su residencia en el mismo hospital donde había nacido: el Castro Rendón. Ingresó en 1995 y, después de su formación, se presentó al concurso que le abrió las puertas del Hospital Heller — una institución que, en ese momento, recién comenzaba a existir.

La llegada al Heller fue literal: antes de la inauguración oficial, el equipo inicial ya estaba allí, organizando servicios, probando equipamiento, resolviendo problemas de infraestructura. Había que hacer funcionar todo desde cero. «Hubo que hacer pruebas piloto y resolver un montón de problemas iniciales, desde la luz hasta el teléfono. Son cosas que parecen pequeñas, pero eran importantes», recuerda.

La inauguración oficial, prevista para el 19 de marzo, llegó atravesada por una manifestación que derivó en situaciones de violencia. Los heridos fueron atendidos en la guardia del hospital que acababa de abrir. Dos días después, el equipo realizó su propia inauguración interna. Y a fines de ese mes llegó el momento que nadie olvidó: el nacimiento del primer bebé de la historia del Heller.

El último de aquella primera camada

De los pediatras que integraron ese grupo fundacional, Sotomayor es el único que continúa en el sistema público. Algunos se jubilaron. Otros siguieron caminos distintos. Él eligió quedarse.

«La docencia y la actividad hospitalaria están muy relacionadas. Por eso me quedé en este hospital», explica. Desde comienzos de los años 2000, la medicina y la enseñanza se volvieron inseparables en su vida cotidiana. Instructor de residencias, docente de la Facultad de Medicina de la Universidad Nacional del Comahue, acompañante de estudiantes en la Práctica Final Obligatoria.

El círculo que construyó es notable: hoy, el 80% de los residentes de Pediatría del Heller provienen de la UNCo, y cerca del 90% de los médicos de planta de dedicación completa son egresados de esa universidad. Muchos de ellos pasaron antes por sus clases. «Trabajar con gente que fue alumna mía y tenerlos ahora como médicos de planta, además de contar con residentes que formamos y que se quedaron acá, es un orgullo enorme», dice.

31 años, cuatro años de guardias acumuladas

El paso del tiempo en un hospital público se mide de manera particular. Sotomayor calcula que, sumadas todas las guardias a lo largo de tres décadas — de seis o diez por mes cuando empezó, a cuatro actuales — acumuló el equivalente a unos cuatro años de vida dentro del hospital.

Ese ritmo tiene un costo que reconoce sin vueltas: «Es un sacrificio para la familia. Pero tuve siempre su apoyo y eso hizo posible que pudiera dedicarme a esta profesión durante tantos años.»

La parte más difícil no es el cansancio físico. «Lo más difícil, no solamente para mí sino para cualquier pediatra, es la muerte de un niño. Siempre pesa terriblemente.» Después de ese momento — de acompañar a una familia en su peor hora — hay que seguir con la guardia. Para atravesarlo, dice, son fundamentales el equipo y el compañerismo. Los pases de sala, donde se comparte lo que pasó, son espacios de elaboración colectiva que el hospital construyó como práctica de cuidado hacia sus propios profesionales.

La pediatría que cambió en tres décadas

En 31 años de ejercicio, el perfil de los problemas de salud infantil se transformó de manera profunda. Cuando Sotomayor empezó, la desnutrición era una preocupación central. Hoy la ocupa la obesidad. Aparecieron problemáticas vinculadas al consumo de sustancias durante el embarazo y sus consecuencias en recién nacidos. La salud mental infantil ganó visibilidad y demanda.

La tecnología también cambió la consulta pediátrica. Las familias llegan con información buscada en redes sociales sobre lactancia, cuidados del recién nacido, protección solar. No siempre esa información tiene respaldo profesional. «Lo importante es consultar siempre. Que no se queden con la duda y que no se dejen llevar solamente por lo que ven en internet», señala.

Sus recomendaciones acumuladas de tres décadas son concretas: lactancia materna exclusiva hasta los seis meses, sin pantallas antes de los cuatro años, vacunas al día, nada de andadores. Y una que desmitifica una práctica antigua: las hernias umbilicales se resuelven solas en más del 90% de los casos. No hay que ponerle monedas ni cintas.

El médico que no se puede ir

Sotomayor ya debería estar jubilado. En julio alcanzó la edad para hacerlo y decidió quedarse hasta enero. Cuando se le pregunta cómo lo vive, la respuesta llega con una pausa. «Todavía me cuesta decirlo.»

Fuera del hospital, la montaña es su otro mundo. Es parte de un club de montañismo, hace trekking y espera que el retiro le libere tiempo para ese otro tipo de exigencia — la que se mide en alturas y senderos, no en guardias y diagnósticos. También el jazz: cualquier evento musical que pueda encontrar en la agenda neuquina termina con él en la sala.

«La actividad al aire libre compensa bastante las horas de hospital y las guardias», dice.

Cuando llegue enero, se irá con más de tres décadas de historias dentro del Heller, generaciones de médicos formados y la certeza de haber elegido bien. Nació en un hospital público. Eligió cuidar a los niños que nacen en los hospitales públicos. Esa coherencia, más que cualquier título o cargo, define lo que fue su vida profesional.

«Me considero una persona apasionada con mi profesión», dice. Y lo dice como quien enuncia un hecho comprobado.

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